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Años nuevos y actitudes viejas

Años nuevos y actitudes viejasEl simple cambio de calendario no introduce novedades en nuestra forma de vivir. El cambio real surge desde dentro, desde nuestra decisión de cambiar… o de no hacerlo.

 

Me gusta la Navidad. Sí. Lo confieso. Me gusta ver las calles iluminadas con esos colores tan típicos de la época. Con gente andando de un sitio a otro viendo escaparates y comprando lo que les gusta o soñando con poder hacerlo. Agradezco los miles de carteles que me desean una Feliz Navidad y que me animan a entrar en un año nuevo que será mejor.

Disfruto del ambiente cómplice de los medios de comunicación. De cómo se habla de los planes que creemos que tendrán los Reyes Magos y Santa Claus, de la forma en que les afecta la crisis y del acuerdo al que todos sospechamos  que han llegado para repartirse la entrega de regalos durante estas vacaciones. Salvo el comentario de un publicista tan conocido como cretino que oí en la radio hace dos años, a eso de las 6 de la tarde (y yo conduciendo con mis hijos en el coche), afirmando que en su casa él dijo sus verdades a los suyos respecto de estos personajes, el resto de las personas se apuntan a este espíritu de fraternidad, cercanía y calor.

Me alegra el tono alegre y ligero que impregna los mensajes tanto publicitarios como empresariales y personales. Ahora todo son abrazos y buenos deseos. El humor flota de un modo inusual y da gusto ver cómo la gente habla desde otra personalidad más amable y solidaria. Tras el día de Navidad y en especial los últimos días del año abundan las noticias jocosas, los resúmenes divertidos –y a veces no tanto- de lo que ha sido el año que se va y de lo que nos espera en el que viene.

Esto no me cierra los ojos ante los dramas. Familias que apenas tienen que comer y/o que se van a quedar sin dónde vivir, enfermos, ancianos olvidados que ven cómo se enfrentan a unas fiestas navideñas en soledad una vez más o por primera vez, el desempleo asfixiante que ya nos ha arruinado una generación de jóvenes y hundido a otra de más de cincuenta años, incertidumbre general y tristeza subyacente.

 

El dejar que un aspecto de la Navidad nos influya más que otros es cuestión nuestra. Es nuestra decisión. La vieja botella medio llena o medio vacía. Leí hace unas semanas el comentario lúgubre de una persona en Linkedin: que si la Navidad es una gran mentira consumista llena de borracheras y mentiras, que a quién le va a alegrar tanta falsedad y un fondo parecido. Aunque ninguno de los que contestamos tuvimos el valor de escribírselo a la cara, la foto del perfil del quejoso  da una buena idea de por qué opina así: media sonrisa seria con un toque de desdén, foto hecha desde abajo (de modo que él sale como alguien superior y por encima del observador), chaqueta cerrada y unos colores e iluminación deprimentes. Claro, con esa actitud cualquiera estaría escéptico ante da igual qué tipo de celebración. Mal el cumpleaños porque es un año más viejo, mal Nochevieja porque se nos ha ido otro año, mal Semana Santa por los atascos, mal el verano por el calor, mal el fin del verano porque hay que volver al trabajo, mal… todo.

La Navidad celebra el nacimiento de Jesús. Es cierto que en los países escandinavos se tenía en cuenta el solsticio de invierno, la noche más larga, pero desde que así lo decidiera el Papa Julio I en el siglo IV d.C la celebración es fundamentalmente cristiana.  Quienes sean creyentes están felices por este trascendental hecho. Y aquellos que no sean cristianos o sencillamente sean ateos/agnósticos tendrán que pensar alguna forma de justificar esta celebración. Porque sin compartir la esencia religiosa origen del evento no es posible verlo más que como

  • una fiesta del consumismo empujada por toda la publicidad;
  • una época triste porque uno no tiene nada que celebrar;
  • una ocasión estupenda llena de pretextos para retomar contacto con los amigos perdidos y familiares distanciados, o conocidos del ámbito profesional para volver a hablar; o
  • un pretexto estupendo para introducir algunos cambios en la vida para hacerla más plena e interesante.

 

Una vez más es cuestión de actitud. A la mayor parte de las personas los cambios en el calendario nos sirven de pretexto para esos cambios.  El lunes que viene, a la vuelta de las vacaciones, el día de mi cumpleaños, a partir del 1 de Enero. Son los momentos en los que decidimos empezar a ir  a clases de inglés, de yoga, al gimnasio, a dejar de fumar o lo que fuere.

Justamente la Navidad nos brinda el perfecto pretexto para retomar contactos y revisar lo que hacemos. Sin dar razones. A cualquiera le parecerá bien recibir llamadas o correos electrónicos de personas semiolvidadas desde hace años deseando una Feliz Navidad y un sensacional Año Nuevo.

Aprovechemos esta época  para  reorientar nuestra actitud. Si es verdad que al menos la mitad de nuestra salud y bienestar dependen de cómo enfocamos el día a día, ese esfuerzo por cambiar hábitos viejos por otros nuevos puede ser muy rentable. Económica, social y personalmente.

 

A todos deseo una Feliz Navidad y un nuevo año lleno de proyectos cumplidos, sueños realizados y sensaciones de hacer algo útil en la vida.

Un navideño abrazo,

Alberto

 

PS: permitidme recomendar dos vídeos para estas fechas:

Cosas que hacer mejor en 2014 – videofelicitación de mi empresa Avantideas

Pretty Paper – canción escrita por Willie Nelson y cantada aquí por Roy Orbison: no olvidemos a los menos afotunados

 

 

Imagen: Pacunar

 

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