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Díselo a Carlos

las cosas que nos sobranHace unos meses tuve la oportunidad de conocer a Carlos de la Fuente. Un amigo me convenció para ir a Valladolid para verle y allá que fuimos.

Carlos lleva más de cuarenta años colaborando con comunidades de religiosos para ayudar a quienes más lo necesitan. Así se describe en la página web de su ONG “Díselo a Carlos”. Y pocas veces he visto un nombre más acertado.

¿Cómo ayuda? De muchas formas. La que más me llamó la atención fue la labor de redistribución de cosas. Su ONG coordina el envío de lo que las empresas y personas no necesitan a quienes sí le pueden dar un uso. Gracias a él fui consciente de algo que sospechaba que existía pero no imaginaba su valor económico: los millones y millones de euros que hay gastados en cosas que no se usan, olvidadas en almacenes y naves. No me refiero a los famosos aeropuertos peatonales ni a las vías de AVE infrautilizadas  –que también. Me refiero a objetos más cotidianos como alimentos, pañales, artículos de higiene, artículos de oficina, ropa o materiales de construcción entre otros muchos. Podéis ver su memoria de entregas de lo que va de 2014 aquí.

¿Que te sobra tal o cual partida de lo que sea y no sabes qué hacer con ella? Díselo a Carlos. ¿Hay excedente de stock y por razones de marketing o comerciales ya no se puede comercializar en tu zona geográfica? No lo destruyas: díselo a Carlos. ¿Nadie quiere esa mercancía o artículos que te sobran y solamente ocupan sitio y por tanto te cuestan dinero? Ni se te ocurra tirarlo a la basura: díselo a Carlos. ¿Y qué hace Carlos? Pues llama a una u otra orden religiosa, en función del género de que se trate, y al día siguiente llega una furgoneta para retirarlo y darle uso en las manos de quienes más lo necesiten. No lo hace solo: este Premio Nacional del Voluntariado tiene una amplia red de empresas colaboradoras que contribuyen a esta acción de redistribución.

Hace un par de años llegué a un local de una conocida cadena internacional de cafeterías cuando estaba cerrando. Ya hecho y pagado el pedido vi atónito cómo una de las personas que trabajaban ahí abría el mostrador de tartas, muffins y demás repostería y lo vaciaba… en una bolsa de basura. Bolsa que luego dejaría en el cubo en la calle. En cuanto volvió le pregunté que por qué en vez de tirarlo no se regalaba a un comedor social. Su respuesta fue sencilla: me dijo que ya lo había propuesto a la empresa y que le dijeron que no. Es más, añadió que le dejaron caer que si lo hacía podía perder su trabajo. Increíble.

¿Por qué me vienen ahora ambos recuerdos? No lo sé. Quizá por la aberrante iniciativa del PP gallego que decide descartar la apertura de comedores escolares en verano para “no generar excesiva visibilidad” de la pobreza infantil. Claro: que no se vea que algunos niños pasan hambre. En vez de ocuparse del problema lo metemos debajo de la alfombra.

Pensemos esto: nos sobran cosas y gastos. De largo. Gastamos como individuos, como sociedad y como Administraciones un dinero que a veces no tenemos. La deuda nacional roza ya el 100% del PIB, y seguimos con mandangas sobre “el esfuerzo” que hay que hacer como país para superar la crisis. Hay que hacer un esfuerzo para simplificar la vida, por un lado, y ser mucho más exigentes con quienes nos gobiernan y lideran las empresas e instituciones. Más eficaces y sensatos a la hora de gastar. Con una idea clara sobre el objetivo.

¿Qué hay de bueno? Pues algo grande: pocas veces hemos visto tanta solidaridad, tanta movilización social, tanta crítica política y tanta ayuda desinteresada al prójimo. En España seguimos gozando de una más que aceptable cohesión social en las cosas realmente importantes. Que dure.

Y que aprendamos estas duras lecciones de la crisis y la estupidez y codicia humanas para pasar a nuestros hijos un mundo mejor.

Imagen: foto propia

 

 

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